
Esta historia de amor comenzó en una mañana de verano, una mañana soleada y de cielos limpios. Los protagonistas un niño y una niña de apenas catorce años que vivían en el mismo pueblo, tenían los mismos conocidos e incluso compartían parientes.
Teresa y Pedro inventaban juegos, se repartían el pan con chocolate cuando lo había y también los primeros besos. El largo verano consolidó su amor y los hizo inseparables en todo el invierno. En la primavera siguiente la crueldad de emigración jugó su baza y Pedro se fue con su familia a Venezuela. Teresa se quedó a este lado del Atlántico con la única ilusión que esperar al cartero.
Todos los lunes la amable mano de Alfredo depositaba la ansiada carta en su casa, cuando el retraso en el reparto coincidía con la salida de la escuela Alfredo la avisaba de que ya tenía la carta en casa. En ese momento las piernas de Teresa dejaban de caminar y volaban cuesta abajo, su corazón galopaba y entraba en su casa con la cara ardiente.
Carta va y carta viene pasó la adolescencia de ambos, llamada de aquí y llamada de allá la primera juventud, Teresa le contaba todo y Pedro sólo se guardaba algún secreto y más de una inquietud. Se creo entre ambos una amistad irrompible, una fuerza misteriosa.
En 1960 se casaron, una boda por poderes. Ella acudió al altar sin novio pero con la misma ilusión que el resto de las novias. A los tres días emprendió el viaje a Venezuela; Barquisimeto- Estado Lara era su destino.
Teresa sólo vivió un mes en su nueva casa, sólo vivió en pareja treinta días. Su vuelta fue la comidilla de todo un pueblo, las especulaciones y apuestas iban y volvían sin respuesta certera, el enigma formó parte de la memoria colectiva durante décadas, todos hablaron y Teresa guardó silencio.
Su vida continuó con más pena que gloria, cuidando padres primero y sobrinos después. Noches de ganchillo y tardes de parchís la ayudaban en su rutina cuando se quedó sola, hasta que supo hace un mes que Pedro volvía.
La noticia no la cogió por sorpresa, más de un vecino también retornado se lo había hecho saber, lo que ya no se imaginaba era que viniese para una residencia de ancianos.
Sabiendo que él no acudiría a visitarla, decidida y calmada acudió a su encuentro, al salir por la puerta de casa el espejo de la entrada le dio la fuerza necesaria que necesitaba. Nada más verse los dos lloraron, las caras que recordaban el uno del otro eran diferentes, pero los ojos y la expresión la misma. En dos tardes se pusieron al día de sus respectivas vidas, él había enterrado a su compañero el año anterior, vendido todos sus bienes y deseaba morir en su tierra. Ella seguía sola, había tardado en aceptar la realidad y en comprender lo que realmente pasara. Le confesó que había llegado a creerse poco atractiva, poco femenina y el gran alivio que sintió cuando lo entendió de verdad.
Sin mucho más le propuso que fuese a vivir con ella, que los dos estaban solos y tristes y la compañía haría todo más llevadero. Pedro aceptó y cuando le dice a Teresa que es la mujer de su vida, ella sonríe porque sabe que él dice la verdad.